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Historia de las mujeres anónimas que contribuyeron a la Independencia de Colombia – Cali – Colombia



Ni en los libros de historia mencionan a la palmirana Dorotea Castro, quien en compañía de su esclava, Josefa Conde, fueron fusiladas el 13 de septiembre de 1817 por ayudar a los entonces guerrilleros.

De ellas se cuenta que ayudaron a recoger armas y caballos para el grupo de Pedro José Murgueitio, un hijo de Cartago, que es citado como edecán de Simón Bolívar y que murió a sus 80 años en la Batalla de Caracolíes en el Quindío.

En los libros de historia tampoco aparece Rafaela Denis, una valiente guerrera, a quien con 19 patriotas, mal armados, les habían encomendado evitar que el coronel español Ignacio Ashin pasara de un límite del norte de Cauca a tomarse el dominio perdido en días de la Independencia en el Valle del Cauca.

Ella decidió pasar de sus oficios en el campo a integrar ese grupo al que el general Antonio Nariño, precursor de la emancipación de provincias americanas del entonces imperio español en Colombia, le encomendó no ceder en esas tierras de planicies y cerros.

Fueron siete días de agites hasta la llamada Batalla de Calibío, entre el 14 y 15 de enero de 1813, en un combate calificado como sangriento en los textos históricos. Rafaela murió fusilada, pero su empuje permitió que la avanzada no llegara a su cometido y en el terreno quedó el cadáver del coronel Ashin.

Ashin era subalterno del general Juan José Francisco de Sámano, quien alcanzó a escapar hacia Pasto y fue el último virrey en la Nueva Granada, donde ordenó ejecutar a Camilo Torres y Francisco José de Caldas, entre otros.

En las citas históricas se refiere a Nariño como el vencedor en Calibío, pero Rafaela quedó anónima y no es la única mujer que luchó para que se consolidara el grito de Independencia en 1810.
 
Ellas no han recibido reconocimiento como sí lo han tenido Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos o Manuela Beltrán, mencionadas cuando en los colegios aún enseñaban historia de Colombia.

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Las identidades de esas mujeres anónimas que dejaron sus labores serviles para unirse a los patriotas en las batallas contra los realistas solo han sido visibilizadas por historiadores, como Alberto Silva Scarpetta, Pablo Rodríguez Jiménez, Jesús Iván Sánchez Sánchez y Judith González Eraso. Ellos han escudriñado las vidas de las mujeres de bajo perfil que en la gesta de la libertad fueron fundamentales.

Silva refiere que en el proceso de la Independencia se menciona solamente a dos mujeres: Policarpa Salvarrieta y Antonia Santos, pero en distintos departamentos del país, como el Valle del Cauca, fueron más las heroínas que le pusieron el pecho a la lucha.

El historiador palmireño ha sostenido, en varios escenarios, que varias mujeres, que tenían un carácter rebelde pero se dedicaban a labores serviles y de sumisión, cambiaron esa condición y acompañaron a sus hombres como voluntarias en las batallas. Esas mujeres fueron enfermeras en rústicos hospitales de campaña y sepultaron a sus hijos, esposos, parientes y amigos.

La investigación de Silva resalta específicamente el papel de siete mujeres: Rafaela Denis, inmolada en Quilichao el 14 de diciembre de 1814; Carlota Rengifo y Dorotea Lenis, fusiladas en Toro el 5 de febrero de 1815; Dorotea Castro y su esclava María Josefa Costa, ultimadas en Palmira el 19 de septiembre de 1817; María del Carmen Olano, fusilada en Quilichao el 2 de febrero de 1820 y Bárbara Montes, fusilada en Caloto el 24 de septiembre de 1820.

Esas mujeres, según las pesquisas realizadas por el historiador, estaban “comprometidas con la causa de la Independencia, cumplían labores de inteligencia, albergue y suministro de armas para los patriotas. Cada una tiene su historia propia”.

El profesor Pablo Rodríguez Jiménez, doctor en historia, dice que “el grupo exaltado por la literatura histórica de los siglos XIX y XX fue el de los victoriosos próceres y héroes. Pero en dicho panteón se hacía muy poco reconocimiento a grupos como el de las mujeres. La presencia de las mujeres no sólo fue numerosa y notable en las distintas fases de la independencia, sino que se dio a través de muy diversas maneras.

Conformaron la multitud que en las jornadas del 20 de julio reclamó la creación de la junta, apoyaron a uno u otro bando en la llamada “patria boba” y bajo el régimen del terror instaurado por Pablo Morillo se sumaron decididamente a la causa patriota”.

El investigador cita que “en un hecho registrado por distintos medios, una madre habría dicho a su hijo: “Ve tú a morir con los hombres mientras que nosotras (hablando con las demás mujeres) avanzamos a la artillería y recibimos la primera descarga, y entonces vosotros los hombres pasaréis por encima de nuestros cadáveres, cogeréis la artillería y salvaréis la patria…”.

Y advierte: “Suele señalarse el año 1816 como el del terror impuesto por el avance victorioso del ejército español y la caída de la República. Entonces fueron sentenciadas 14 mujeres. Pero en 1817, año en que se consolidó el régimen de Restauración, el número aumentó a 22 ejecutadas”.

“Los años 1816 y 1817 constituyeron un bienio luctuoso para las mujeres. Cerca de la mitad de las fusiladas en todo el período cumplieron dicha sentencia en esos dos años. De todas formas podemos considerar que la decisión de condenar a las mujeres patriotas a la pena capital no fue tomada por el Régimen del Terror ni por Pablo Morillo. Esta política había sido asumida muy tempranamente, durante el inicio de la guerra independentista, pero en la Reconquista se elevó a una escala mayor”.

En alguno escenarios se hacen exposiciones acerca de las heroínas de la Independencia.

El historiador Jesús Iván Sánchez, en su texto Tuluá, héroes y heroínas en la Independencia (1778-1819) destaca la vida de María Antonia Ruiz, una negra esclava que presenció el fusilamiento de su hijo Pedro José Ruiz, un soldado tulueño que combatió al lado de Antonio Nariño.

Pedro José fue fusilado junto al quiteño independentista Carlos Montúfar el 31 de agosto de 1816 en Buga y María Antonia juró vengar la muerte de su hijo.
Sánchez relata que María Antonia Ruiz nació el 24 de junio de 1762 en Tulúa, donde vivió hasta 1814.

Luego de que su hijo se fue con el general Antonio Nariño, la mujer dejó su pueblo natal y se fue a la hacienda San Agustín, propiedad de sus amos Don José Agustín Arango y Doña Agustina Ruiz, de quien recibió su apellido.

En esta hacienda, María Antonia escuchaba, sin querer, las conversaciones acerca de la Independencia, de personajes como José María Cabal, Joaquín de Caicedo y Cuero, Fray José Joaquín Escobar, entre otros. Así forjó su pensamiento político.

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A finales de 1819, en la hacienda San Juanito, cerca de Buga –relata el historiador Sánchez-, los patriotas al mando del General Joaquín Rodríguez y del inglés Juan Runnel se enfrentaron a los realistas, comandados por el Teniente Coronel Miguel Rodríguez.

En esa batalla emergió el valor de María Antonia Ruiz, quien pudo vengar la muerte de su hijo Pedro José quemando el edificio donde los realistas almacenaban las armas. Además, con un cañón que encontró a su alcance, desbarató parte de la caballería del rey. Cuando acabó con todas las municiones, la mujer blandió su lanza y se enfrentó a la infantería que aún hacía resistencia.

Pero en esa batalla, María Antonia Ruiz no fue la única mujer. Su paisana, Eloísa Loaiza ‘La Coronela’, enfrentó a lado de Ruiz a los realistas. En estas condiciones, Miguel Rodríguez debió rendirse ante la superioridad de los patriotas.

Por su parte, la magíster en Historia Judith González Eraso plantea que “se debe de salir de las historias patrias y del canon de las heroínas y los mártires, pues estas invisibilizan el accionar de otras mujeres”.

En su libro Representaciones de las mujeres en la Independencia, entre realidad y ficción (Nueva Granada, 1810-1830), González cita al historiador José Manuel Groot, quien es uno de los autores más destacados por sus investigaciones del papel de las mujeres en la independencia.

Según Groot, se encuentran “alusiones a las mujeres desde finales de la colonia como las religiosas e ilustradas, también a las mujeres patriotas y realistas, unas tienen nombre e identidad, otras son anónimas, al darles mérito a sus valores religiosos, morales, cívicos y patrióticos”.

Aunque González ha estudiado e investigado los textos escritos acerca de Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos y Manuela Beltrán, coincide, como lo consigna Lucía Vásquez Celis en su texto La mujer en el desarrollo de Colombia, en que “se deben revisar los discursos historiográficos oficiales, en lo que respecta a las mujeres y, de reescribir y reinterpretar su participación como sujeto histórico y político, y como agente de cambio”.

JOSÉ LUIS VALENCIA
FERNANDO UMAÑA MEJÍA
CALI

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