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Accidente de camión en Tasajera: Sobreviviente está esperando un hijo y no puede trabajar – Otras Ciudades – Colombia



La nevera de icopor en la que Eduardo Montaño llevaba sus gaseosas para vender en el peaje se quedó a la orilla de la carretera. Al pie del camión volcado estaban él, su hermano, su primo y otra veintena de paisanos llenando pimpinas con lo que cupiera de los 5.600 galones de gasolina que transportaba ese Chevrolet de placas WGV-913.

—Mi hermano me pidió que fuera a buscar una botella para cortarla y hacer un embudo. Me volteé, di unos pasos y ¡boom!, explotó esa vaina— cuenta Eduardo, quien cayó de frente contra el suelo pedregoso, ya no recuerda si empujado por la onda explosiva o por mero reflejo.

Dos horas antes, a las seis de la mañana en punto, Eduardo se despertó en el rancho de madera donde vive con su esposa, quien está en el séptimo mes de su tercer embarazo, y sus dos hijos: Elkin, de 9 años, y Sebastián, de 11.

Su casa queda en Tasajera, un corregimiento del municipio de Puebloviejo, Magdalena, que se quedó entre el olvido y el abandono, aunque por ahí tenga que pasar todo aquel que quiera viajar por tierra entre Barranquilla y Santa Marta, dos de las ciudades más importantes del Caribe colombiano.

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—Acá no hay empresas, vivimos del mar y la ciénaga, donde pescamos, y de lo que se pueda vender en el peaje— dice Eduardo.

Él tiene 28 años y, como muchos de sus vecinos, rota entre una y otra actividad: cuando escasea la mojarra, el bocachico, el lebranche, y el camarón, llena una neverita con bebidas y se va al peaje para intentar vendérselas a los conductores que pasan, sofocados por los 27 °C que no faltan en ese pedazo del camino.

Unos se revolcaban en el piso para tratar de apagarse. Yo solo buscaba a Jorge y le podía a Dios que no lo dejara morir ahí calcinado

Ese lunes 6 de julio, cuando Eduardo se levantó del suelo después del estallido del camión, conoció un calor mucho peor. Su camisa estaba en llamas, y alcanzó a correr varios metros antes de lograr quitársela. La piel morena y curtida por el sol de su espalda, cuello, rostro y manos se había transformado en parches blancos que le escocían.

Pero había algo que lo desesperaba más. Comenzó a gritar el nombre de Jorge, su hermano, y por ninguna parte le respondía. “Solo veía a los pelaos’, que corrían prendidos en llamas. Unos se revolcaban en el piso para tratar de apagarse, otros se tiraban a un lago que estaba ahí cerca. Yo solo buscaba a Jorge y le podía a Dios que no lo dejara morir ahí calcinado”, recuerda Eduardo.

No pudo encontrarlo.

Cuando subió a la carrera, donde había dejado la nevera de gaseosas con la que se ganaba la vida, se encontró a su primo, irreconocible. Estaba prendido, sin labios, y le suplicaba que no lo dejara morir. Apenas lograron apagarlo, pararon una camioneta blanca y en su platón se acomodaron ellos dos y al menos otros ocho heridos. Para entonces los muertos ya eran siete y en los 20 minutos que se gastaron desde el punto del accidente, en el kilómetro 47 de la vía, hasta el hospital San Cristóbal de Ciénaga, no había certeza de la suerte de Jorge.

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Luego de la explosión, Eduardo quedó con heridas graves en su cara, cuello, orejas, espalda y manos.

Varios años atrás, cuando Eduardo estaba en el colegio, solía ir a ese mismo lugar los sábados y domingos. Les dieron el chance de tomar unos cursos y él, que quería ser médico, no podía dejar pasar la oportunidad. No podía, pero le tocó.

—Fui algunas veces, pero no pudimos sostenerlo. Tocaba comprar unas cartillas e implementos de botiquín, y además eso era los fines de semana y a mí me tocaba salir a pescar para ayudar en la casa. Mi papá nunca vivió con nosotros, así que tuvimos que trabajar desde pequeños— dice Eduardo, y agrega que solo pudo estudiar hasta noveno grado.

Prestó el servicio militar, hizo un curso de vigilancia y trabajó como celador en Barranquilla y Bogotá, pero su mamá enfermó y decidió devolverse a Tasajera, aunque sabía que el rebusque sería la única opción.

No logró convertirse en médico, pero le estaba salvando la vida a su primo, a quien ayudó a entrar al San Cristóbal casi a rastras. Pudo dejarlo con un médico y se enteró de que Jorge, su hermano, había llegado unos minutos antes. Estaba vivo.

Eduardo prefiere no recordar cómo se veían los pasillos en medio de esa tragedia, pero verlos fue suficiente para que decidiera irse del hospital. “Yo sabía que me tenían que revisar, pero ver esa escena me dio mucho miedo. Por un lado, podía contraer alguna infección por todos los heridos que estaban entrando, pero además estaba el coronavirus ese. ¿Yo cómo me iba a quedar así en la clínica?”, se pregunta Eduardo, ahora, desde una silla roja que resalta en la casa de su mamá, donde el piso y las paredes son grises, de concreto.

Acá, si la persona no sale a pescar, no come. La vida es crítica

Mientras charlamos, se escucha la voz de ella de vez en cuando, complementando las respuestas de su hijo. Se llama Karina Vargas, nació en Puebloviejo y cuenta que, en sus 46 años de vida, siempre ha conocido las mismas carencias: “Acá, si la persona no sale a pescar, no come. La vida es crítica. Todos los que cayeron en ese accidente son pescadores, y cuando la cosa se pone mal, se van a vender al peaje”.

Karina no habla mucho, pero dice, molesta, que aunque el coronavirus ande suelto Eduardo debería dejarse internar en el hospital. Tiene razones para preocuparse: al comienzo le dijeron que su hijo menor, Jorge, estaba estable, pero pronto lo trasladaron de Ciénaga a Santa Marta, y, de ahí, a Bogotá. Ahora solo le queda el teléfono para tener noticias de él. Y su sobrino, ese que Eduardo alcanzó a ver por última vez en el hospital con el cuerpo desfigurado por las llamas, murió en la madrugada del 7 de julio.

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Pero Eduardo insiste en quedarse en casa y solo ir a donde un médico que le haga una que otra curación. El miedo a que la covid-19 lo agarre se basa, sobre todo, en su preocupación por no trabajar: “A mi bebé le faltan solo dos meses para nacer. Yo necesito recuperarme rápido para poder trabajar y comprarle sus cositas”, dice.

El bebé que viene en camino completará el trio de primogénitos varones y se llamará Emmanuel. De fondo, se escucha la voz de Karina, con una explicación que parece ser la única esperanza que les queda en este rincón abandonado en el Caribe: “Ese nombre significa ‘Dios está con nosotros’”.

JULIÁN RÍOS MONROY
@julianrios_m
EL TIEMPO*Si tiene alguna historia por contar o quiere comunicarse con Eduardo para ofrecer su ayuda, escríbannos a julrio@eltiempo.com

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