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Se cumplen 20 años de la masacre de El Salado, en Carmen de Bolívar, en manos de paramilitares – Otras Ciudades – Colombia



Javid Torres tenía 13 años cuando el terror llegó a El Salado. Su pueblo. Un corregimiento ubicado a 19 kilómetros del municipio del Carmen de Bolívar, en el departamento de Bolívar. 

Este martes el país conmemora dos décadas de la masacre más dolorosa que se vivió en esta región de Los Montes de María, en el Caribe colombiano.

Un múltiple crimen perpetuado por 450 paramilitares, entre el 16 y el 21 de febrero del año 2000, que dejó 60 campesinos, trabajadores y gente de bien, asesinados brutalmente, y provocó el desplazamiento de toda la población.

Más de 60 personas perdieron la vida al ser acusados de subversivos por los paramilitares.

Torres, hoy de 33 años, fue uno de los sobrevivientes de la masacre que con sus ojos inocentes presenció el crimen de 29 personas, el día 18 de febrero en la cancha de microfútbol del pueblo, escenario del más horrendo teatro criminal y sevicia a manos de los ‘comandantes paramilitares alias ‘Amauri’, ‘El Tigre’ y ‘5- 7’.

El país y el mundo conocieron el relato de Javid Torres en el año 2012, gracias al documental ‘El Salado’ el rostro de una masacre’, producido por el Centro de Memoria Histórica (CMH), donde este joven y otros sobrevivientes dan testimonio de lo que fue aquella jornada de terror.

La masacre había sido planeada en la finca El Avión, jurisdicción del municipio de Sabanas de San Ángel, en el departamento de Magdalena, por los jefes paramilitares del Bloque Norte: Salvatore Mancuso y Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’, así como por John Henao, alias ‘H2’, delegado de Carlos Castaño, señala el CMH.

El periplo criminal había iniciado el 16 de febrero cuando tres comandos con 150 hombres cada uno sitiaron la región.

Alias ‘Amauri’ y sus hombres entraron por la carretera que comunica al Carmen de Bolívar con el Salado.

El grupo que comandaba ‘5-7’ entro por la vía que lleva al municipio de Zambrano.

El tercer comando criminal, al mando de ‘El Tigre’, entró por el corregimiento de Canutalito, por la vía que conduce al municipio de Ovejas (en Sucre).

En su ascenso a Los Montes de María pasaron por veredas y corregimientos de los municipio de Ovejas (Sucre), y Carmen de Bolívar y Córdoba (Bolívar), donde dejaron 26 víctimas: campesinos asesinados con arma corto-punzante o degollados en los caminos. Violaron mujeres y saquearon viviendas.

Los mandos paramilitares habían ordenado sembrar el terror entre la población como máquina de guerra.

A mí que ninguno de estos señores (paramilitares) me vengan a decir que no hicieron fiesta durante la masacre, cada asesinato lo celebraban con gaitas y tamboras

Armada y Policía dejaron sola la región

El ganadero y político Miguel Nule Amín había denunciado el robo de 400 Cabezas de ganado el 15 de febrero, en las fincas Santa Helena y La Nubia entre los municipios de San Onofre y Toluviejo por parte de las Farc, lo que desvió las responsabilidades de la Policía y unidades de contra guerrilla de la Armada Nacional, que debían custodiar la región de El Salado, pero dejaron libre la zona para los asesinos.

En su recorrido hacia El Salado el grupo de alias ‘Amauri’ fue hostigado por la guerrilla, pero el elevado número de paramilitares apoyado por ráfagas del helicóptero artillado dispersaron rápido a los guerrilleros.

De hecho, el primer muerto dentro del pueblo fue un adulto mayor de nombre Libardo Trejos Garrido, quien murió en su casa a causa de fuego aéreo.

El pueblo estaba advertido

Tres años atrás, el 23 de marzo de 1997 un comando paramilitar había llevado a cabo la primera incursión en El Salado donde asesinó a cinco campesinos, lo que generó un primer éxodo.

“En diciembre de 1999 sobrevoló el pueblo un helicóptero que lanzó volantes donde nos advertían: ‘compartan con sus familias, cómanse las gallinas, las vacas y los cerdos, disfruten con sus seres queridos’”, recuerda Neyla Narváez, sobreviviente.

Sobrevivientes señalan que los paramilitares festejaban cada muerte al ritmo de gaitas y tamboras.

El 18 de febrero a las 9:30 de la mañana los hombre de Amauri y El Tigre ingresaron al pueblo para iniciar la orgía de sangre.

Javid Torres recuerda que fue sacado, junto a 12 personas más, de una casa a empellones y amenazas por los criminales y llevado con la comunidad hasta la cancha de microfútbol.

Una vez en la cancha de microfútbol separaron a hombres, mujeres y niños. El primero en pasar al patíbulo fue Eduardo Novoa Alves.

Delante de su comunidad fue torturado, le cortaron una oreja y fue acribillado.

“Suerte la mía, no me tocaba, a los dos señores que tenía a mi izquierda y derecha los asesinaron”, dice Javid.

Los criminales, vestidos de camuflado, sacaron los instrumentos musicales de la insipiente casa de la cultura y saquearon las tiendas.

Prendieron los equipos de sonido de las casas y tocaron las tamboras a la vez que asesinaban inocentes.

“A mí que ninguno de estos señores (paramilitares) me vengan a decir que no hicieron fiesta durante la masacre, cada asesinato lo celebraban con gaitas y tamboras, porque yo lo vi con mis propios ojos”, recuerda Javid.

En silencio Javid rezó para que el fatídico número 30, del conteo siniestro que imponían los asesinos a sus víctimas, y que significaba la muerte, no le tocara.

De esta manera fueron asesinados Pedro Torres, Desiderio Francisco Lambraño y Ermides Cohen Redondo.

Una muerte que en El Salado recuerdan con dolor fue la de Luis Pablo Redondo, un joven de 27 años, profesor del colegio y presidente de la Junta de Acción Comunal.

Una vez masacraron hombres siguieron con las mujeres.

Dos víctimas fueron estranguladas y luego empaladas, dos más fueron ahorcadas, una más fue brutalmente asesinada a golpes.

La jornada de terror en el pueblo dejó 28 víctimas (23 hombres y cinco mujeres). En la cancha fueron asesinadas 17 personas frente a la comunidad aterrorizada; seis más murieron dentro de sus viviendas y otras cinco en el monte.

Una joven de 18 años y una menor de edad fueron violadas.

Javid recuerda el momento en que un paramilitar le dijo que ya tenía edad para cargar un fusil señalándolo de guerrillero, pero el niño con valentía respondió “si fuera guerrillero no estaría aquí”.

También recuerda Javid que una vez los paramilitares salieron del pueblo el sábado 19 de febrero, pasadas las 5 de la tarde, por la vía comunica con el municipio de córdoba; una hora después ingresó la Compañía Orca de la Infantería de Marina por el extremo contrario del caserío.

“Ese mismo mes huimos desplazados para Cartagena con mi familia. Yo estaba en grado noveno. Tuvimos que empezar de nuevo en la gran ciudad, una situación que no estaba en los planes de nosotros”, dice Javid, que sus años felices en el campo, se convirtieron de repente en los peligros de la urbe.

Hoy es un profesional de 33 años, y un padre de familia ejemplar, que regresó al Salado para enseñar a niños y jóvenes sobre paz y reconciliación.

“Eso nos cambió la vida a todos. Por ese motivo estudié filosofía en la Universidad de Cartagena y regresé al Salado para enseñar sobre el conflicto en el país, para que esto nunca, ni en ningún punto de la geografía nacional, se vuelva a repetir”, narra Javid, hoy profesor de la cátedra de construcción de paz de la institución educativa agropecuaria de El Salado.

Hubo manipulación mediática

Pocos días después de la masacre, el Fiscal General de la Nación, Alfonso Gómez Méndez, desmintió las falsas informaciones que justificaban los muertos en medio de supuestos combates entre guerrilla y paramilitares.

“Es cierta la presentación que ha hecho el CTI en el sentido de que no se trató de supuestos combates, estamos ante una de las clásicas masacres de los paramilitares”, dijo el Fiscal de la época que subrayó, de manera insensible, como ‘clásica masacre de los paramilitares’ al hecho, que hizo parte del periplo siniestro de los grupos armados ilegales que dejaron más de 250 masacres en gran parte del territorio nacional, entre 1997 y el 2003.

El pueblo aún no se repone de este brutal ataque. 

Pero más difusión mediática tuvieron los criminales, y el primero de marzo, 12 días después de la masacre, en horario familiar por televisión, el jefe paramilitar Carlos Castaño, en entrevista al periodista Darío Arismendi justificó descaradamente la masacre de EL Salado.

“Era fácil identificar quiénes eran guerrilleros y quiénes no. Lamento que situaciones como esta se presenten, pero ante todo creo que se está evitando un mal mayor con una incursión como esta. Fuerte, sí. Difícil de entender para el país. No tiene aceptación de ninguna manera, pero las cosas que se impiden a largo plazo con acciones como esta son muchísimas”, dijo Castaño.

De hecho, Carlos Castaño antes y después de la masacre tuvo un amplio despliegue mediático en el cual legitimo el accionar criminal del paramilitarismo en gran parte del territorio nacional.

“El Salado fue un blanco de oportunidad”, ha señalado Andrés Suárez, investigador del Centro de Memoria Histórica.

El único delito de comunidades como El Salado, Chengue, Macayepo, San Onofre y Ovejas, todos escenarios de cruentas masacres y desplazamientos, fue habitar en un corredor estratégico parta los grupos armados ilegales entre el Bajo Magdalena y la Costa Caribe, y en una región que siempre fue despensa agrícola del país: los Montes de María.

La misión final era expulsar a las comunidades campesinas, y según los paramilitares, librar a la región del germen comunista que sembraba en carreteras y veredas alias Martín Caballero, máximo jefe del Bloque Caribe de las Farc en la zona, para la época.

José Vicente Gamboa, alias ‘Pantera’, ex oficial de la Armada y luego reclutado por los paramilitares, ha señalado en versiones libres, ante la Unidad de Justicia y Paz, que un grupo de 25 infantes de marina formó parte del cerco a El Salado.

Así como Luis Francisco Robles, alias “Amaury”, era ex -suboficial de las Fuerzas Especiales del Ejército, para muchos mandos paramilitares era requisito ser reservistas del Ejército Nacional.

Salvatore Mancuso y los jefes paramilitares fueron condenados por el estado colombiano, así como un oficial de alto rango de la Armada Nacional que participó en el hecho.

Carlos Castaño, asesinado por sus propios hombres el 16 de abril de 2004 en San Pedro de Urabá (Antioquia), se llevó a la tumba el secreto de los financiadores, empresas, empresarios y políticos que auspiciaron medio centenar de masacres en los Montes de María.

Pero el pequeño Javid Torres de 13 años que vivió esta pesadilla, cobró venganza.

Su desquite con los violentos fue ser un hombre de bien, profesional, un educador comprometido y un pacifista irreductible que está seguro que en la educación está el cambio.

Hoy, el sueño de este joven pacifista es hacer realidad el museo de la Memoria del Salado, un proyecto que está en la lista de compensaciones para esta comunidad pero para el cual el Gobierno Nacional ni la empresa privada no han puesto un centavo, pese a que los diseños ya están.

JOHN MONTAÑO
Enviado especial de EL TIEMPO
EL SALADO (CARMEN DEL BOLÍVAR)
En Twitter: @PilotodeCometas

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